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Porque a los Franciscos les llamamos Paco y a los José, Pepe?

Ambos apelativos comparten una historia similar y corresponden a acrónimos surgidos de títulos asociados a figuras cristianas.

San Francisco de AsisPaco

Se relaciona con San Francisco de Asís, fundador de la orden de los Franciscanos, el resto de monjes de la comunidad de hermanos se dirigían a él como “Padre de la comunidad” o “Pater comunitatis” en latín. Dada la relevancia de este personaje histórico, con el tiempo se usaron las dos letras de sendas palabras formando el término “paco” para denominar a las personas que se llamaban “Francisco”.

 

Pepe

El caso del apodo Pepe para los José también tiene su fuente en el cristianismo, es a causa de la función de José de Nazaret, esposo de María, el cual, según la religión católica, principalmente en las lecturas del Nuevo Testamento, era el “padre putativo” (“pater putatibus” en latín) de Jesucristo o lo que es lo mismo, el que tenía la función de padre sin realmente serlo. Por dichas iniciales PP es por lo que con el tiempo a los llamados “José”, se les conocía también por “Pepe”.

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¡Apaga y vámonos!

Apaga y VámonosEsta expresión no se sabe ciertamente si procede de un hecho real o bien de un cuento andaluz, pero tiene su origen en una conseja que la sitúa en el pueblo de Pitres. Hace siglos, dos clérigos de este municipio granadino, aspirantes a una plaza de capellán, hicieron una apuesta a ver cuál de ellos celebraba la Santa Misa en menos tiempo.

Tras concluir los preparativos para el desafío religioso y mientras se aproximaban al altar, uno de los curas en lugar de “Introibo ad altarem Dei” introducción que significa (Entraré al Altar de Dios), inició la misa diciendo: “Ite, Missa est“, fórmula litúrgica que precedía a la bendición final y que sería como el actual “Podéis ir en paz“. El otro, impasible y ansioso de ganar la apuesta, se giró hacia el monaguillo que sujetaba la vela y exclamó: “¡apaga y vámonos!“, que ya está la misa dicha”.

Por supuesto ganó el segundo.

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Quien fue a Sevilla perdió su silla

Enrique IVEn realidad, la expresión está mal dicha porque debería decirse «Quien se fue de Sevilla, perdió su silla». Este dicho está basado en un hecho histórico que tuvo lugar durante el reinado de Enrique IV (1425-1474), rey de Castilla.

Le fue concedido el arzobispado de Santiago de Compostela a un sobrino del arzobispo de Sevilla, don Alonso de Fonseca. Dado que el reino de Galicia andaba revuelto, el arzobispo electo pensó que la toma de posesión del cargo no iba a ser cosa sencilla, por lo que pidió ayuda a su tío. Don Alonso se desplazó al reino gallego, pero pidió a su sobrino que se ocupara del arzobispado sevillano durante su ausencia.

Don Alonso de Fonseca restableció la paz en la revuelta diócesis de Santiago, pero cuando volvió a Sevilla para recuperar su cargo se encontró con la desagradable sorpresa de que su sobrino se negaba a devolverle la silla arzobispal hispalense. El enfrentamiento entre tío y sobrino creó un gran revuelo y hubo que recurrir hasta el Papa Pío II que intervino finalmente enviando fuerza armada, a la intervención del rey castellano y al ahorcamiento de algunos de sus partidarios, para reponer a su legítimo ocupante en el cargo y destituyendo a quién aprovechando la ausencia del que se había ido de Sevilla, había ocupado su silla.

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Poner las manos en el fuego

Las manos en el fuegoFrase utilizada para demostrar el respaldo total o la creencia ciega en algo o alguien. Su origen puede hallarse en el llamado Juicio de Dios u Ordalía. Se trataba de un rito pagano practicado por los pueblos llamados bárbaros, pero en especial por los germanos, para determinar la culpabilidad de una persona involucrada en un delito o en un pecado grave.

Si el sospechoso salía ileso o con pocas quemaduras, luego de exponer sus manos al fuego, era declarado inocente. Existían diversas variantes:

– El acusado debía andar descalzo sobre seis u ocho rejas de arado al rojo vivo.
– El acusado debía transportar un hierro al rojo vivo una distancia de nueve pies o más.
– El acusado debía poner la mano en el fuego

El hierro candente era a veces sustituido por agua o aceite hirviendo o plomo fundido. Otras veces se hacía meter al acusado las manos en una hoguera. No se debe confundir con la tortura, que era empleada para hacer confesar al reo.

Cualquiera puede suponer que resultaba absolutamente imposible no quemarse, motivo por el cual el juicio era casi una farsa y la responsabilidad del imputado quedaba siempre demostrada. Sólo si se obraba un verdadero milagro el reo alcanzaba el perdón. La historia no registra ningún caso de inocencia.

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